Steel Witness
La pata coja de la mesa distaba 7,34 milímetros desde su punto más cercano al centro de la tierra hasta la superficie del piso de la cocina, distancia que a pesar de no ser abismal ni tener la capacidad de provocar el más mínimo espasmo de vértigo a criatura alguna, mantenía un lugar en el pensamiento de Lidia; un espacio olvidado de su cerebro observaba celoso el péndulo que era la mesa mientras intentaba describir aquello visto hasta hace unos instantes.
Partículas de polvo desfilaban en lentas convulsiones y a través del haz de luz que la ventana permitía dentro de la cocina; haz de luz que bajaba hasta el pelo de Lidia atado en caos detrás de su nuca. La plancha aún tibia observaba a la mujer escribir y balancearse con la mesa de pata coja, en el medio de la cocina, abandonada como la dejara.
El lápiz de color que Lidia agitaba en su mano izquierda, rasante en el papel, había sido usado en un 28 por ciento de su totalidad, mas dentro de la funda de madera se escondían cuatro fisuras letales que comprometían la futura utilidad de la mina. Cuando comenzó a escribir la cuarta palabra de la sexta línea de su composición en el arrugado papel, el centro de color púrpura se quebró, describió tres y medio círculos y descansó inerte sobre la mesa, dejando a Lidia con las palabras muertas en su muñeca.
Se levantó de su silla, se alejó de la mesa y su pata coja, revolotearon las partículas de polvo en la habitación y la plancha lo vio todo tan callada, cada vez más fría.
*
Guillaume había ganado la confianza de Nadja hacía cuatro o cinco horas atrás, después de que su madre le lavara la cara, abrigara y alimentara. Con la espalda aún partida por la incomodidad de la noche en el asiento que compartía, salió como disparado por una catapulta al terminar el último bocado de su desayuno y en dirección hacia los carros delanteros donde había visto a Nadja cuando abordó el tren.
La descubrió aún dormida en un asiento que sólo ocupaba ella, blando y cómodo hasta en la vista. Le pareció que Nadja dormía sin reparar en las circunstancias. Cuando ella decidió despertar, Guillaume aún paseaba cerca de su asiento y al notar la vigilante ronda del chico, lo miró con recelo. No bastó mucho para que él se acercara con un puñado de dinosaurios de plástico viejos buscando llamar la atención de la niña. En cosa de minutos la chica estaba lista y terminando un trozo de pan, de camino al carro comedor, lugar en el que había más espacio para correr y jugar.
El día fuera de la ventana se mostraba limpio y claro; las nubes parecían haber olvidado el cómo llegar hasta las cimas en las que se encontraba el tren de paso. Se podía ver el sol entibiando el pasto que dejaban tras de ellos y el recuerdo de la lluvia se quedó en la estación pasada y la noche anterior. El tren los había traído hasta otro tiempo y otra realidad, en movimiento.
Corrían Nadja y Guillaume, Guillaume persiguiendo a Nadja, Nadja dejándose alcanzar por Guillaume. Ella gritaba incoherencias que venían hasta su cabeza infantil, historias en las que Guillaume era aquel desconocido que la rescataba de la alta torre custodiada por un gran dragón; a ratos Guillaume se transformaba en el dragón mismo y volvía a correr por los pasillos del tren que viajaba en dirección nornoroeste, hacia tierras menos pobladas y más frías, el norte salvaje del país.
Después del almuerzo ambos chicos hicieron uso de los lápices de Nadja y dibujaron todo cuanto sabían del mundo allá fuera del tren, convirtiendo los papeles en una especie de testamento de sus cortas vidas que intercambiaron a modo de confesión de su pasado; un ejercicio de confianza ante la inminencia del primer amor.
Cuando Nadja pidió amablemente por el lápiz color púrpura Guillaume se lo entregó; su mano pequeña rozó la mano de ella, aún más pequeña y delicada. Ambos niños se miraron por un tiempo indescifrable y ardiéndoles el corazón como así se quedaran estupefactos, el lápiz color púrpura fue a dar al suelo del tren que ahora viajaba a cuarenta kilómetros por hora, en dirección noroeste. Escapando del idílico instante, Guillaume se fue gateando por el pasillo en búsqueda del preciado tesoro de su enamorada.
El fracaso le fue inexplicable pero irrefutable: gateó por todo el carro mirando entre los pies de los pasajeros mas no hubo rastro del lápiz bajo asiento alguno. Cuando desanimado se puso de pie para volver con el desalentador resultado, el lápiz mismo apareció frente a sus ojos. Una chica mayor sostenía el mismísimo trozo de paraíso que había resbalado del contacto entre sus manos diminutas. La chica le preguntó si era aquel lápiz lo que buscaba y él sonriendo se lo llevó a la velocidad máxima que sus torpes piernas cortas le llevaran, pensando que con el rescate habría terminado de dominar al abismo de ser tan sólo un desconocido y conquistado las cimas del amor de Nadja.
La chica en cuestión llevaba unos jeans desgastados, una mirada sostenida, proveniente de ojos que parecían haber sido esculpidos en cristal, el pelo de color rosa y un tatuaje fresco que asomaba debajo del cuello de su chaqueta. Se detuvo a contemplar cómo el niño le enseñaba el lápiz con orgullo a su amiga; una sonrisa añeja reposó en su mirada empañando sus ojos de tiempos inertes en la memoria de otra existencia. Sonrió con irresistible energía y en sus mejillas se fueron a enmarcar un par de margaritas.
Faltando tres horas, cuarenta y cinco minutos y veintitrés y medio segundos para la anunciada parada final, el tren se detuvo de forma inesperada en medio del camino y aproximadamente a dos kilómetros de un puente, por lo que se podía calcular desde la ventana. No había nada que marcara un hito en el camino que diera luz de la razón por la cual el tren no continuaba su marcha, nada había que demostrara que aquella fuese una parada acostumbrada.
La chica, quien cumpliera diecinueve años seis días atrás, reconoció a dos miembros de la Polizei fuera de la ventana que discutían con el inspector y conductor del tren. Uno de los oficiales levantó su brazo derecho de forma recta y segura para con su dedo índice dibujar una línea que cruzara el tren de principio a fin. Se gesticuló un poco más por ambas partes y luego de que los oficiales accedieran a mostrar sus credenciales se entendió, habían llegado a un acuerdo.
*
Se levantó de la silla junto a la mesa de pata coja y con el lápiz color púrpura aún en su mano izquierda. Por un segundo las palabras que se le agolparan en el brazo y las que ya marchitas en su muñeca comenzaron a arder como si cenizas olvidadas y al viento estival; todas ellas parecieron gritarle al oído y en su cabeza el mundo se aceleraba dentro de la quietud de la cocina. El tiempo parecía haberse dejado morir en pleno vuelo y sobre su cabeza se entregaba en picada al vértigo de la gravedad.
Sobreexcitada inspeccionó el mesón y los cajones que se le presentaban en su delirante búsqueda, haciendo que los artículos en su interior resonaran como descarrilamiento de tren. En uno de los cajones descubrió el cuchillo que había estado buscando. Lo tomó con excesiva delicadeza y como si se tratase de un utensilio de cristal en vez de uno común y trabajado en acero inoxidable. Acercó el filo hasta la punta quebrada del lápiz color púrpura y comenzó de a poco a tallar la madera para así exponer el centro de color y poder volver a escribir a fin poderse quitar el ardor de su muñeca izquierda.
Encontrándose a medio camino de descubrir el total necesario del centro de lápiz color púrpura para continuar escribiendo la cuarta palabra de la sexta línea en el arrugado trozo de papel que reposaba sobre la mesa de pata coja en el extremo opuesto de la cocina, la más cercana de las piezas individuales formadas por las fisuras dentro de la funda de madera del lápiz en cuestión se quebró completamente, y desprendiéndose del resto fue a dar al suelo entre los pies de Lidia, no sin antes lograr rebotar tres veces.
El palpitar de su corazón se hizo un tumulto en los oídos de la mujer. Contempló largo rato su mano izquierda y casi podía ver las palabras que no había podido liberar en el papel; marchitas eran ahora presas de su cuerpo y en sus venas, perdían el vivo color que las hacía irreemplazables, desmejoraban en sentido a cada segundo que se cumplía. Reafirmó consciente la empuñadura del cuchillo en su mano derecha para reposar la hoja sobre su muñeca desnuda. Allá bajo la piel se encontraban los túneles que transportaban las palabras de las cuales le era imperante escapar, las palabras muertas que ya no fueron, las palabras que no dijo, los enunciados que ahora sólo el silencio de la cocina se permitía acoger; allá bajo la delgada piel de su muñeca izquierda estaban todas las palabras esenciales que no fueron dichas, las que por muchos años quiso liberar y que ahora eran infesto cúmulo en su cuerpo y veneno en su torrente sanguíneo.
La hoja del cuchillo la percibió helada sobre la piel y notó, poseía seis líneas de color púrpura que la mina del lápiz había dejado en ella antes de quebrarse, caer, rebotar y reposar entre sus pies de mujer abandonada en su cocina con mesa de pata coja — sonrió. El costado de la hoja y su filo habían sido apuntalados contra la piel de la mujer mientras debajo del frágil velo las venas transportaban sangre en empujes desiguales, empujes de una vida que perdió el brillo del amanecer hace un tiempo antiguo, empujes de un mar que cansado de intentar la conquista de la costa y evaporado por el sol se deja escurrir de a poco entre las rocas, dañándolas levemente y tan lento, golpeando como por costumbre y sin ya saber por qué. Era el latido de su corazón lo que el cuchillo fue a enfrentar allá bajo la piel sobre la cual ahora se recostaba.
El día despertó por la tarde y de improviso en la cocina de Lidia. Con el súbito fragor de un trueno el teléfono derramó un grito que detuviera al cuchillo de hundirse en el torrente de palabras que navegaran por sus venas.
— Hola — dijo ella con voz temblorosa.
— ¿Lidia? — él quiso estar seguro.
— ¿Quién si no? ¿Se te olvidó el número acaso?
— Hace tiempo que no llamaba… ¿Estás bien?
— ¿Y yo por qué no iba a estarlo?
— Tu voz…
— Cosas tuyas. Supongo que ya te estás preparando para tu matrimonio.
— Sí, quedan nada más tres meses.
— Como pasa el tiempo. Supongo que tu madre llegará pronto a dirigirlo todo.
— Llegó ayer. Y sí, ya están todos bajo su comando. Tú sabes cuánto es que le gusta dar órdenes.
El recuerdo de la mujer en su cabeza se hizo nítido y la extirpó del presente, podía creer oír los pasos de aquellos zapatos de tacón bajo por el piso de madera bordeando el balcón de la casa cuando estaba de visita; la voz dulce y firme de la que fuera su suegra resonaba en la casa vacía desde hace años y de alguna forma ese eco había ahora encontrado el ángulo correcto para volver a dar hasta los oídos de Lidia, haciéndola creer estar en ese ahí tan lejano.
— ¿Lidia… sigues ahí?
— Sí, te escucho. Pensaba en tu madre.
— Lidia, necesito la casa. Ema y yo…
— ¿La vas a traer a vivir acá?
— ¡No! Jamás podría hacer eso. Quiero vender la casa; Ema y yo necesitamos el dinero.
— ¿Mi casa? ¿Qué voy a hacer yo sin mi casa, dónde voy a vivir?
— Lidia, esa es también mi casa. Si ya no vivo ahí es porque…
Tal como en una desvencijada represa que ha sido abandonada hace décadas, una primera gota anuncia el comienzo del diluvio en las mejillas de Lidia; sola como niña abusada, la mejilla de Lidia fue desvirgada por una sola lágrima tímida. El tiempo de silencio que separó aquella lágrima pionera y el descontrolado ejército que como aluvión se derrumbara cuesta abajo por el semblante de la mujer lo cubrió la voz de Fernando repitiendo el nombre de Lidia.
Para cuando el silencio volvió a ser presente entre los rulos de los cables telefónicos, los labios que temblando esperaban la valentía de liberar sus voces fueron a hacerlo casi al unísono:
— Lidia… yo —
— Hoy la volví a ver. Justo antes de que me llamaras, mientras planchaba… me miró sonriente, ¿sabes? Aún traía su vestido amarillo. Yo sé que no es posible que aún le quede el vestido amarillo, pero sé que ella aún lo recuerda e incluso lo debe hasta llevar consigo a donde vaya esperando el momento de encontrarnos una vez más. Yo me puse a escribir lo que había visto, porque eso fue lo que me dijo el doctor Ramírez, ¿sabes?, que escribir lo visto me iba a ayudar a entender qué es lo que tenía que hacer cada vez que…
— ¡Lidia ya basta!
— Fernando, yo…
— Lidia, por favor basta con esa ingenuidad. Tú sabes que ya son catorce años desde que fuimos a Portugal. La policía jamás encontró rastro alguno de ella ni de quien la secuestró. Lidia, por favor deja de vivir estancada en ese día, nuestra hija no volvió y ya no lo hará; no puedes seguir así. Yo no pude seguir viviendo así contigo, no habría podido vivir el resto de mi vida contigo siempre hablando, siempre recordándome el mayor error de mi vida. Lidia despierta y vive tu vida, tu hija habría querido que fueses feliz.
El teléfono de Lidia salió despedido de sus manos por impulso y fue a estrellarse fuera de la cocina, atravesando el vidrio y partiéndose en pedazos; cayendo junto a los trozos de cristal, los trozos del teléfono como esquirlas se confundieron a los pies de un hombre que pasara en ese momento por fuera de la casa.
Cubierta de ira, desnuda ante el desconcierto y desenvuelta por el miedo, Lidia lloró en calma, no había nada más que hacer: su hija ya no volvería y no había tiempo que recuperar, su vida se había acabado cuando le soltó la mano a su pequeña princesa de vestido amarillo.
Con la mirada en el suelo podía ver cómo sus lágrimas caían sobre el lápiz púrpura sin punta, sobre el cuchillo rayado de púrpura, entre el lápiz púrpura y el cuchillo con sus rayas. Lidia se inclinó aún llorando y con sus manos temblorosas los volvió a recoger. Se prometió que ya no volvería a ver más apariciones de su hija, se acomodó el pelo desecho, en vano.
*
Los oficiales de la Polizei registraron el tren mas no dieron con la sospechosa. Un niño al oír la descripción mencionó haber visto a una chica en el carro comedor que llevaba el pelo pintado, pero cuando los oficiales fueron al lugar no encontraron nada. Al volver junto al niño el oficial Henggerler le entregó su tarjeta a la madre del pequeño, advirtiéndole que la sospechosa era peligrosa y que había asesinado a un hombre portugués de 46 años hacía tres meses mientras viajaban juntos por Francia.
La chica de pelo color rosa y jeans desgastados parapetada detrás de los árboles vio cómo el tren reanudaba su marcha, cruzaba el puente y se perdía a lo lejos. Caminó cuesta abajo, en dirección contraria al oficial Henggerler y su asistente. El viento soplaba bravo mas no era rival para el cuello elevado de su chaqueta que escondía a ratos su tatuaje fresco. De vuelta en la estación, el oficial Henggerler reportaba "sin novedad" la búsqueda de la asesina misteriosa.
Tanto Nadja como Guillaume fueron obligados a terminar el resto del viaje en sus respectivos asientos; sus padres creían que era peligroso dejarlos solos en el tren. Los chicos desconsolados hicieron los últimos kilómetros de ruta con tres carros de diferencia; Nadja volteaba constantemente y Guillaume se ponía de pie en su asiento a cada vez que oía a alguien venir del carro anterior.
*
Cuando Lidia, 36 minutos y 14,78 segundos atrás había comenzado a planchar, escuchó esa risa una vez más. Volteó y entonces la vio, intentó hablarle pero no consiguió ni gemir. Cuando dio un paso adelante la niña ya no estaba y con la desesperación de la asfixia desconectó la plancha, la dejó sobre el mesón y comenzó a buscar un lápiz para sentarse a la mesa de pata coja y escribir lo visto mientras la máquina de acero aún caliente contemplaba la escena y con el polvo revoloteando como fondo, en la cocina de la casa que alguna vez fue suya, en un tiempo pasado del que nunca se supo deshacer.
Testigo de Acero / Steel Witness — Alejandro Scott.
Translation by the author with editorial assistance.